Alegres en la fè

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EL CRISTIANISMO Y EL HUMOR

Generalmente, el cristianismo es percibido como la religión más sufrida, y no podemos culpar a los que lo ven así. Basta con observar su símbolo –Jesús ensangrentado y crucificado- para comprender la causa principal de esta percepción generalizada, que ha sido reforzada por los conceptos de culpa, pecado y condena. La Iglesia católica también hace énfasis en la solemnidad, y sus edificios, ceremonias y trajes refuerzan este aspecto.
Sin embargo, un análisis más atento de los textos sagrados revela que el Evangelio es una buena noticia, una noticia alegre, gozosa, exultante. Es la promesa cumplida del Enviado, que culmina con la Resurrección. En ella, Dios sonríe ante la pretensión absoluta de la muerte por destruirlo todo. Por si fuera poco, hay una frase de los Proverbios (17,22) que afirma: “un corazón alegre es la mejor medicina; un espíritu abatido termina por secar los huesos”.

Jesús
En su libro “El humor de Cristo”, el Dr. Elton Trueblood examina en detalle treinta pasajes humorísticos de los Evangelios. Jesús decía frases bastante ocurrentes, con un dejo irónico. Por ejemplo, la famosa “pasar un camello por el ojo de una aguja” (Mt 19,24) o cuando habla de los fariseos, diciendo “¡Guías ciegos, que filtran el mosquito y se tragan el camello!” (Lc 11- 23:24), o la frase “Echar perlas a los chanchos” (Mt 7,6), todas evocan imágenes chistosas y dan a entender que quien las pronunció tenía un sutil sentido del humor.
El Evangelio de Marcos cuenta que Jesús estaba solo en tierra viendo cómo se cansaban sus discípulos remando en contra del viento. Entonces no solo fue hacia ellos caminando sobre el agua sino que hizo ademán de pasar de largo. Es fácil imaginar la sorpresa de los discípulos, y el regocijo una vez que Jesús subió a la barca y se calmó el viento.

Santa alegría

“Un santo triste es un triste santo”.
San Francisco de Sales

Solemos imaginar a los santos del cristianismo como seres celestiales, inalcanzables, como mártires impolutos. Sin embargo, la santidad bien entendida no es perfección estática, ni sometimiento al sufrimiento.
Don Bosco era muy bromista. Santa Teresa de Ávila resultó una especialista en poner apodos graciosos. A San Felipe Neri lo llamaban “el bufón de Dios” por su costumbre de divertir con sus ocurrencias a los cardenales de Roma. San Bernardino de Siena nunca paraba de reír y bromear.
Capítulo aparte merece Santo Tomás Moro, quien no admitía a nadie a compartir una comida con él si no sabía contar chistes. Este último santo tiene una historia particular. Un sentido del humor inglés que lo siguió incluso hasta el momento de su muerte:
Tomás Moro (1478-1535) era abogado, y una de las figuras destacadas del Renacimiento. Su enorme cultura le valió el cargo de canciller del rey Enrique VIII, pero cuando éste rompió con la Iglesia Católica proclamándose Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra, se deshizo de él. Lo acusó injustamente a través de calumnias y fue encarcelado y condenado a muerte. Cuando estaba al pie del cadalso, agotado por los tres meses de prisión, tuvo que subir los escalones para que le cortaran la cabeza. Tomás Moro no pudo con su genio y su último acto fue un acto de humor, cuando le dijo a su verdugo: “Le ruego, señor teniente, ayúdeme a subir; en cuanto a bajar, deje que ruede por mí mismo”.
Fue canonizado en 1935 y en el año 2000, Juan Pablo II lo proclamó patrono de los políticos ya que se empeñó por el bien común sin importarle sus intereses personales, siendo coherente hasta el fin. Su humor fue parte de la virtud de la fortaleza.
Esta es la conocida oración de Santo Tomás Moro pidiendo, entre otras cosas, el sentido del humor. ¿Nosotros, alguna vez, pedimos este don?:
«Señor, dame una buena digestión y -naturalmente- algo para digerir.
Dame la salud del cuerpo y el buen humor necesario para mantenerla.
Dame un alma sana que tenga siempre ante los ojos lo que es bueno y puro,
de manera que frente al pecado no me escandalice
sino que sepa encontrar la forma de ponerle remedio.
Dame un corazón que no conozca el aburrimiento, las quejas, los suspiros y los lamentos.
No permitas que me tome demasiado en serio,
ni que me invada mi propio ego.
Dame el sentido del humor,
dame el don de saber reírme,
a fin de que sepa traer un poco de alegría a la vida
haciendo partícipe a los otros.
Amén».

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